En clase de religión me contaban muchas cosas. Entre las que me gustaban más estaba la vida de Jesús y sus milagros, multiplicación del pan y los peces incluida. Más tarde, en las clases de filosofía de bachillerato tocamos algo de Epicuro y su hedonismo. Para los gandules y teóricos del antisistema como yo, reconfortaba enrontrar un filósofo que apoyara ideas de sencillez y austeridad reventando conceptos como la opulencia y el consumismo. Parecía mentira lo fácil que se le entendía al lado de los rollos platónicos.
Epicuro contó como indispensables tres elementos para alcanzar la felicidad: amigos, libertad y capacidad de autorreflexión. Posiblemente, a cualquiera de nosotros se le ocurrirían premisas parecidas para cumplir un objetivo parecido. Más tarde, Jesús celebraría las comidas compartidas como fiestas, diría aquello de "déjalo todo y sígueme" y se retiraría a rezar puntualmente. Hasta sus seguidores vivían en comunas, como los epicúreos. Sidharta Gautama en su momento había propuesto métodos de emancipación y autoexploración parecidos y, siglos después, Mahoma dictaría unas normas de hermanamiento a gran escala, respeto al otro y disciplina en la oración.

Los mayores ideólogos de la historia coinciden y les damos la razón
. Se celebra un congreso de la felicidad y los expertos coinciden que ésta sólo es posible a través de los demás y mediante una actitud solidaria. ¿Por qué entonces dedicamos gran parte de nuestro tiempo a conseguir otros objetivos mayoritariamente materiales? Tenemos la verdad delante y no la vemos... o no nos la creemos.