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lunes, 7 de mayo de 2012

Intermón Oxfam Trailwalker

A la hora de definir nuestro equipo es necesario compararlo. No hace falta mucho más que un vistazo a la línea de salida. Hay tres o cuatro equipos que no llevan las camisetas de todos sus miembros a conjunto. Entre ellos, hay uno cuyos componentes tienen el dorsal colgando de un cordel en lugar de los clásicos imperdibles. No hay fallo: GERAC.

Después podemos entrar al detalle. El tipo alto y rubio con andares desgarbados y un peluche en la mochila es Albert. No ha corrido más de media hora en su vida. El de la camiseta a conjunto con la gorra, bambas chulas y barba de mendigo es Toni. Lleva tantas calorías repartidas en geles, barritas y suplementos alimentícios como para abastecer un regimiento durante varias semanas a la intemperie. Se dice de él que es capaz de ligarse a la más guapa del garito con una sola sonrisa. El que tiene cara de fumao y culo respingón es Marc. Su primera carrera fue una maratón de montaña. Probablemente la terminó con varios músculos rotos, pero jamás lo reconocerá. Finalmente estoy yo, de quien habla todo el blog, así que no daré detalles.

La Trailwalker de este año tenía poco secreto. 100 quilómetros sin apenas desnivel y con el camino marcado. Al lado de la carnicería del pasado año, repleta de montañas, desvíos por los que perderse y lluvia, la monotonía de la pista que nos llevaría hasta la Costa Brava prometía ser más asequible a todos los niveles. Nos equivocamos: nunca hay que subestimar la ultradistancia.

Los inicios

Los primeros quilómetros se sucedieron sin notícias, los GERAC nos juntábamos y nos separábamos de nuestros abuelos, Els Nois de Can Pitiflú, y las conversaciones sobre trabajo, deporte y mujeres nos divertían mientras restábamos pasos. Era un regalazo e incluso llegué a pensar que, con un poco más de preparación, podríamos haberla completado corriendo. El tiempo se encargó de bajarme los humos.



Con el paso de las etapas, aparecieron las ampollas en los pies por culpa de la dureza del terreno y algunos músculos se me agarrotaron a causa del monótono gesto. De ahí me surgió la teoría de que tengo las piernas acostumbradas a la carrera pero no a caminar. Me dolía la parte superior del pie, que mantengo rígida al caminar, y se me cargaron los cuádriceps, que ni tan solo me preocupo de estirar cuando corro. Toni y Marc parecían estar mejor, pero Albert empezaba a estar para el arrastre. Cuando llegábamos a Girona iba liderando el grupo que formábamos los dos equipos y me dí cuenta de que Albert no estaba. Con Mike, que nos acompañaba, lo esperamos un buen rato: había estado andando retrasado desde hacía más de media hora sin avisar y, a pesar de que decía que estaba bien, su cara comunicaba lo que confirmarían sus piernas al llegar al pabellón de Fontajau: estaba roto.

La noche

Pensé que la noche podía darle ánimos por lo que tenía de épico caminar en la oscuridad o podía hundirlo en la miseria. El resto del equipo se entretuvo ordenando no se qué y yendo a buscar alguna cosa, de manera que él y yo nos avanzamos un poco sabiendo que nos alcanzarían. Hicimos la mitad del trayecto él y yo con los Pitiflú. De vez en cuando yo salía corriendo medio quilómetro y los esperaba. Tenía las ampollas en los talones y en el dedo meñique y me dolían al rozar, pero si corría no contactaba con las zapatillas, de manera que iba cómodo. Cuando nos alcanzaron, fui repetidamente parodiado e insultado por Marc por mi costumbre, pero viendo al equipo cohesionado, decidí que llegaría a la próxima etapa a la carrera en lugar de andando, porque era una verdadera agonía. Provoqué a Toni para que me acompañara y cayó con el simple pero efectivo "quien pare primero es gay". Obviamente, ninguno quedar como una nena y nos marcamos siete quilómetros en media hora. Posiblemente podríamos haber corrido otros siete y, tal vez, al cabo de otros tantos siete alguno de los dos habría sugerido parar a beber agua.

Cuando llegamos al polideportivo de Cassà me tocó los cojones comprobar que había un montón de colchones de la organización, todos "reservados" por los equipos de apoyo que habían llegado antes. Decidí sustraer uno de ellos dejando una nota: "Si quieres recuperarlo pregunta por Pau", al lado de una flecha indicando la esquina donde me hacinaba con mis putrefactos compañeros.

El duro domingo

El despertador sonó sin que nadie hubiera interrumpido mi descanso, pero mi cabeza necesitaba un chute de taurina para asegurar las constantes vitales y garantizar unas mínimas facultades cognitivas, así qu me tomé un Red Bull. Las tres últimas etapas, en todo caso, fueron un martirio. Albert no se aguantaba ni las flatulencias, así que era harto improbable que pudiera mantener un ritmo potable. La suerte que tienen los tipos como Albert es que siempre, absolutamente siempre, tienen ángel. En su caso, UN ángel: Lenka, su novia. De no haber estado a su lado, probablemente se habría despeñado por alguna ladera o habría muerto por inanición. Pero ahí estaba Lenka. Le llevó la mochila, le acompañó, le cantó, le contó chistes y le ató la zapatilla cuando Albert tenía los músculos tan destruidos que la sola idea de agacharse le habría supuesto una lesión invalidante. Lenka es la clave del equipo GERAC.



El resto solo atinábamos a esperarle cuando se descolgaba y, de vez en cuando, le arengábamos para engañar a su escasa sensatez, que le decía que se retirara. En una ocasión le dijimos que se imaginara que era un capitán de regimiento del imperio de los hombres a quien perseguían un puñado de orcos para vengar la muerte de su caudillo. Si quería sobrevivir, el capitán Albert debía llegar al campamento a toda velocidad. El muy pirado aceleró de golpe apretando los dientes y empezó a cojear (decir que andó sería mentir) más rápido, no paró en varios quilómetros y siguió hasta completar la penúltima etapa con cierta dignidad.

En la última, sin embargo, llegó el apocalipsis. Roser ya había llegado para saludarnos y aprovechamos su visita y que no comíamos desde hacía cuatro horas para descansar un buen rato mientras nos metíamos los unos con los otros. Creo que Eric, apoyo de los Pitifú, hubiera pagado dinero por escucharnos de tanto como reía. La broma terminó tal cual empezamos a andar y la tortura se alargó más de dos horas.



Fue algo heroico. Y como todas las heroicidades, tuvo algo de estúpido. Pero una cosa no quita la otra y ahí nos quedará a todos los que lo presenciamos en la memoria. La Trailwalker tiene esto. Tipos normales pueden convertirse en héroes, como en la guerra. En mis recuerdos vivirán para siempre distintas imágenes. La música de Mike en la furgoneta. La nevera de cervezas y el pesto de Edu. Los espejos de Toni. Los pensamientos de Marc. La compañía de Ignasi. La agonía de Albert. Roser. Y Lara, la mejor de las notícias de todo el fin de semana.

Y eso que ha sido un gran fin de semana.

5 comentarios:

Oscar Ferreiro dijo...

Nuestro abuelos?!?!?!?!?
jejeje
Ha sigut un cap de setmana únic! Un plaer compartir-ho amb vosaltres!

Una abraçada net meu! ;-)

Uri Capdevila dijo...

Gràcies per la veritat! Jeje una abraçada cracks! (a quants metres es va produir el primer insult de Marc?)

Pau dijo...

@Óscar

Un detall, jajaja. Espero les vostres respostes igualment punyents.

@Uri

Només hi va haver cortesia, pero la veritat és que moolts altres en el lloc de l'Albert haguéssin abandonat. El tio té mèrit.

Reno dijo...

Absolutament genial article.

Totalment cert, sense l'acompanyament no hagues arribat o hagues mort d'una forma estupida i poc heroica. Gràcies per aquests moments inpagables. A tot l'equip gerac, als pitiflú, a la Lenka, als intendents, a la gent que t'animava sense coneixe't de res, increïble.

Ferran Gallifa dijo...

Molt bona cronica. Enhorabona